El Arte de Amarme
- Swety Velaquez
- hace 1 día
- 5 min de lectura

Sanando la relación más importante después de mi relación con Dios
"Ama a tu prójimo como a ti mismo." (Marcos 12:31)
Jesús pronunció estas palabras como uno de los mandamientos más importantes de toda la Escritura. Curiosamente, Él no dijo: "Ama a tu prójimo más que a ti mismo", ni tampoco: "Ámate más que a los demás". Dio por sentado que existe una relación con nosotros mismos, y esa relación influye profundamente en la manera en que amamos a quienes nos rodean.
La calidad de nuestras relaciones casi siempre refleja la calidad de nuestra relación interior.
Muchas mujeres aman intensamente a sus hijos, a su esposo, a sus padres, a la iglesia y a sus amigos, pero cuando se trata de ellas mismas, solo encuentran palabras de crítica, rechazo y condena. Son capaces de extender gracia a todos, excepto a sí mismas.
Han aprendido a servir, pero no a sanar.
Han aprendido a dar, pero no a recibir.
Han aprendido a sonreír, mientras su corazón llora en silencio.
Y llega un momento en que el alma, agotada por años de abandono emocional, comienza a quebrarse.
El enemigo no siempre busca destruirte por fuera; muchas veces comienza por dentro
Satanás entendió desde el principio que si lograba deformar la identidad del ser humano, también deformaría su destino.
Por eso, después del pecado, Adán y Eva no solo se escondieron de Dios; también comenzaron a esconderse de ellos mismos.
El pecado produjo vergüenza.
La vergüenza produjo miedo.
Y el miedo produjo una identidad rota.
Desde entonces, la humanidad vive intentando cubrir aquello que solo Dios puede restaurar.
Muchas mujeres no viven desde su identidad; viven desde sus heridas.
La niña que fue rechazada sigue tomando decisiones dentro de la mujer adulta.
La adolescente que fue comparada sigue creyendo que nunca será suficiente.
La esposa que fue traicionada comienza a pensar que no merece ser amada.
La líder que fue criticada empieza a dudar del llamado que Dios puso sobre su vida.
Las heridas cambian la manera en que interpretamos la realidad.
No vemos las cosas como son; las vemos a través del dolor que aún no ha sido sanado.
El espejo equivocado
Vivimos frente a muchos espejos.
El espejo de las redes sociales.
El espejo de las opiniones.
El espejo de los estándares de belleza.
El espejo de los fracasos.
El espejo del pasado.
Cada uno intenta decirnos quiénes somos.
Pero ninguno fue diseñado para definir nuestra identidad.
El único espejo confiable es la Palabra de Dios.
Santiago compara la Escritura con un espejo porque cuando nos acercamos a ella no solo descubrimos cómo somos, sino cómo Dios nos ve y en quiénes nos está transformando.
Cuando dejas de mirarte con los ojos del rechazo y comienzas a mirarte con los ojos del Padre, algo cambia profundamente.
Ya no necesitas demostrar tu valor.
Comienzas a vivir desde él.
El abandono de uno mismo
Existe una forma silenciosa de autodestrucción que pocas veces se menciona.
No siempre consiste en lastimar el cuerpo.
A veces consiste en abandonar el alma.
Nos abandonamos cuando ignoramos nuestras emociones.
Cuando fingimos que todo está bien.
Cuando permitimos que todos crucen nuestros límites.
Cuando vivimos únicamente para satisfacer las expectativas de otros.
Cuando creemos que descansar es egoísmo.
Cuando pensamos que cuidarnos significa amar menos a nuestra familia.
Jesús servía multitudes, pero también buscaba lugares solitarios para estar con el Padre.
Nunca permitió que las demandas de la gente sustituyeran la dirección de Dios.
Si Jesús necesitó detenerse, ¿por qué nosotros creemos que debemos vivir agotados para demostrar amor?
La diferencia entre amor propio y orgullo
El orgullo dice:"Yo no necesito a nadie."
El amor sano dice:"Necesito a Dios cada día."
El orgullo busca exaltarse.
El amor sano reconoce con humildad el valor que Dios le otorgó.
El orgullo compite.
El amor sano celebra.
El orgullo vive para ser admirado.
El amor sano vive para glorificar a Cristo.
Amarte no significa colocarte en el trono de tu vida.
Significa quitar del trono las voces que nunca debieron gobernar tu corazón y permitir que Cristo ocupe nuevamente ese lugar.
La gracia también es para ti
Hay personas que creen profundamente en el perdón de Dios... para los demás.
Pero viven como si ellas fueran la única excepción.
Se castigan constantemente.
Reviven errores antiguos.
No disfrutan las bendiciones porque sienten que no las merecen.
Olvidan que la cruz fue suficiente.
La sangre de Cristo no cubrió parte de tu historia.
La cubrió completamente.
Si Dios decidió no llamarte por tu pasado, ¿por qué sigues presentándote delante de Él con el nombre de tus errores?
El arte de amarme
Amarme no consiste en repetir frases motivacionales frente al espejo.
Consiste en creerle a Dios cuando dice quién soy.
Es aprender a descansar sin sentir culpa.
Es poner límites sin perder la compasión.
Es aceptar que no puedo salvar a todo el mundo.
Es dejar de buscar mi valor en la aprobación de las personas.
Es vivir desde la seguridad de ser hija, antes que líder, esposa, madre o profesional.
Porque cuando sé quién soy en Cristo, dejo de mendigar identidad donde solo encontraré aprobación temporal.
Una oración para el alma
Padre amado,
Durante mucho tiempo permití que mi historia hablara más fuerte que Tu voz. Creí las palabras de quienes me rechazaron, acepté etiquetas que Tú nunca escribiste sobre mi vida y permití que mis heridas definieran mi identidad.
Hoy renuncio a cada mentira que me hizo sentir insuficiente, indigna o incapaz. Declaro que mi identidad no nace de mis fracasos, sino de Tu gracia. No soy lo que otros dijeron de mí; soy lo que Tú declaras en Tu Palabra.
Sana las heridas que aún gobiernan mis decisiones. Arranca la raíz del rechazo, de la culpa, de la comparación y del temor. Enséñame a descansar en Tu amor y a caminar cada día con la seguridad de que soy Tu hija, comprada con la sangre de Cristo y llamada con un propósito eterno.
Que mi corazón encuentre descanso en Ti y que, al aprender a verme con Tus ojos, pueda amar a otros con la misma gracia que he recibido.
En el nombre de Jesús. Amén.
Reflexión final
El verdadero arte de amarte no comienza cuando aprendes a pensar mejor de ti misma.
Comienza cuando dejas de verte como el mundo te definió y aceptas la identidad que el Padre diseñó para ti desde antes de la fundación del mundo.
Solo quien ha experimentado el amor incondicional de Dios puede aprender a vivir sin el peso del rechazo, sin la esclavitud de la comparación y sin la necesidad de demostrar constantemente su valor.
Porque el amor más transformador no nace de mirarnos más a nosotros mismos.
Nace cuando levantamos la mirada y descubrimos que, aun antes de amarnos, ya éramos profundamente amados por Dios.
Bendiciones,
Neida Velázquez



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