Funcionando, pero no estoy bien

Hay momentos en la vida en los que seguimos haciendo todo lo que tenemos que hacer, pero dejamos de preguntarnos cómo realmente estamos. Nos levantamos, cumplimos con nuestras responsabilidades, trabajamos, atendemos a la familia, servimos, vamos a la iglesia, sonreímos, contestamos mensajes y continuamos con nuestra rutina. Desde afuera, parece que todo está bien. Nadie sospecha que detrás de esa rutina puede existir cansancio, tristeza, frustración, vacío o una batalla que llevamos tiempo tratando de esconder.
Eso es vivir en piloto automático: seguir funcionando porque sabemos que hay cosas que hacer, aunque por dentro no tengamos las mismas fuerzas. A veces decimos: “Estoy bien”, no porque realmente estemos bien, sino porque no sabemos cómo explicar lo que sentimos. Nos acostumbramos tanto a seguir adelante que comenzamos a confundir funcionar con estar bien. Pero una cosa es cumplir con nuestras responsabilidades y otra muy diferente es estar emocional, espiritual y mentalmente bien.
Cuando haces todo, pero ya no disfrutas nada
Una de las señales de que podemos estar funcionando en piloto automático es cuando hacemos las mismas cosas de siempre, pero hemos perdido la capacidad de disfrutarlas.
Seguimos trabajando, pero estamos agotados. Seguimos sirviendo, pero ya no sentimos la misma pasión. Seguimos hablando con las personas, pero internamente queremos aislarnos. Seguimos sonriendo, pero nuestra sonrisa ya no representa lo que sucede dentro de nosotros. Y muchas veces nadie lo nota porque hemos aprendido a funcionar aun cuando estamos cansados.
El problema es que podemos acostumbrarnos
tanto a vivir de esta manera que terminamos creyendo que así somos o que así tiene que ser nuestra vida. Pero Dios no nos llamó solamente a sobrevivir cada día. También necesitamos detenernos, reconocer lo que está pasando dentro de nosotros y permitirnos ser restaurados.
El peligro de acostumbrarnos al cansancio
Hay cansancios que se solucionan durmiendo una noche. Pero hay otros cansancios que vienen de meses o incluso años cargando responsabilidades, decepciones, preocupaciones, pérdidas, conflictos y emociones que nunca nos permitimos procesar. Cuando ignoramos constantemente lo que sentimos, podemos continuar funcionando, pero cada vez con menos fuerzas. Nos volvemos expertos en decir:
Después lo atiendo.
Después descanso.
Después lloro.
Después hablo.
Después resuelvo esto.
Después me ocupo de mí.
Y ese “después” puede convertirse en años. Por eso es importante entender que detenernos no significa ser débiles. Reconocer que necesitamos ayuda no significa que hemos perdido la fe. Y admitir que no estamos bien no significa que hemos fracasado.
A veces, reconocer nuestra realidad es precisamente el comienzo de nuestra restauración.
También podemos estar en piloto automático espiritualmente
Esto puede suceder incluso dentro de nuestra relación con Dios. Podemos orar porque siempre hemos orado, leer la Biblia porque forma parte de nuestra rutina, asistir a la iglesia, servir en un ministerio y continuar haciendo todas las cosas espirituales que acostumbramos hacer. Pero nuestro corazón puede estar cansado. Podemos estar presentes físicamente y ausentes emocionalmente.
Podemos hablar de Dios mientras por dentro estamos luchando con preguntas, frustraciones o heridas que no hemos llevado delante de Él. Dios no necesita que pretendamos estar bien delante de Él. Podemos acercarnos con nuestra verdad.
Podemos decir: “Señor, estoy cansada”. “Señor, no entiendo lo que está pasando”.
“Señor, necesito que me ayudes”. “Señor, ya no quiero seguir fingiendo que todo está bien”. La sinceridad delante de Dios también es una forma de oración.
No todo lo que funciona está sano
Una máquina puede continuar funcionando aunque tenga una pieza dañada. De la misma manera, una persona puede continuar cumpliendo sus responsabilidades mientras internamente necesita atención y restauración.
Que puedas levantarte cada mañana no significa que no estés cansada. Que puedas sonreír no significa que no estés triste. Que puedas trabajar no significa que no necesites descansar. Que puedas servir a otros no significa que no necesites que alguien también cuide de ti. Que puedas ayudar a todos no significa que tengas que cargarlo todo sola.
Aprender a reconocer estas señales no es egoísmo. Es responsabilidad con nuestra propia vida.
Detente y pregúntate cómo estás realmente
Quizás hoy necesitas hacer algo muy sencillo: detenerte. No para abandonar tus responsabilidades, sino para escuchar lo que está sucediendo dentro de ti.
Pregúntate:
¿Cómo me siento realmente?
¿Qué me está agotando?
¿Qué estoy cargando que ya no puedo seguir cargando sola?
¿Qué estoy evitando enfrentar?
¿Cuándo fue la última vez que descansé sin sentir culpa?
¿Estoy viviendo o simplemente sobreviviendo?
¿Estoy haciendo las cosas porque tienen propósito o simplemente porque me acostumbré a hacerlas?
Son preguntas incómodas, pero pueden abrir la puerta a conversaciones que hemos estado evitando durante mucho tiempo.
Dios también quiere restaurar lo que nadie ve
Hay heridas que nadie conoce. Hay lágrimas que nunca llegaron a caer delante de otras personas. Hay batallas que hemos peleado en silencio. Y hay áreas de nuestra vida que hemos aprendido a esconder tan bien que hasta nosotros mismos dejamos de reconocerlas.
Pero Dios ve lo que nadie más ve. El Salmo 139:23-24 dice: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.”
Necesitamos momentos en los que permitamos que Dios examine nuestro corazón, no para condenarnos, sino para mostrarnos aquello que necesita ser sanado, corregido y restaurado.
No tienes que seguir funcionando mientras te estás quebrando por dentro
Quizás este es el mensaje que necesitabas leer hoy:
No tienes que fingir que estás bien.
No tienes que tener todas las respuestas.
No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
No tienes que cargar sola con todo lo que estás viviendo.
Puedes detenerte.
Puedes respirar.
Puedes hablar.
Puedes pedir ayuda.
Puedes llorar.
Puedes descansar.
Puedes comenzar nuevamente.
Y, sobre todo, puedes acercarte a Dios con la persona que realmente eres, no con la versión de ti que sientes que los demás esperan ver. Porque la restauración comienza cuando dejamos de esconder aquello que necesita ser restaurado.
Para Pensar
Tal vez llevas demasiado tiempo funcionando en piloto automático. Tal vez nadie se ha dado cuenta. Tal vez incluso tú misma has aprendido a decir: “Estoy bien” mientras sabes que no es verdad. Hoy no tienes que resolver toda tu vida. Pero sí puedes comenzar siendo honesta contigo misma y con Dios. Detente, escucha tu corazón, reconoce tu cansancio. Busca ayuda cuando la necesites. Y permite que Dios vuelva a tocar esas áreas que has tenido que ignorar para poder continuar. Porque seguir funcionando no siempre significa estar bien. A veces, el acto más valiente no es continuar corriendo.
A veces, es detenerse y decir: “Necesito ser restaurada.”



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